El punto trascendente

Asia-Menor

Las máquinas excavadoras de color amarillo derribaron la casa: con sus puertas, muros y ventanas arrojadas al barro de las propias raíces que retorcidas cual si manos intentaban retener los escombros ante las palas gigantes que como olas de tormenta encendían una música repetitiva que no daba espacio al silencio. La casa antes vivida, después tomada, ahora destrozada. Los pasillos esfumados, los escondites descubiertos,  las escaleras de arriba abajo sin barandas sobresalían como diminuta Torre de Etemenanki. La bodega evaporada, la chimenea quemada. Unas manos pulidas y morenas, pudieron recoger con cuidado el Aleph del sótano. Las manos del abogado, que después de parecer entregadas a confiar al olvido de los demás la memoria de Mauricio, encontró su secreto dentro de una botella de vino vacía que disimuladamente dejó torcida entre tantas otras el día de la entrada, registro y detención del poeta. Un secreto entre el abogado y su amigo. La comunicación eterna entre ambos gracias a ese (·) que contiene todos los puntos del universo. ¡Qué curioso! Jorge Luis sin Nobel y Mauricio con el Aleph.  El abogado pudo retirar de las ruinas el punto de encuentro y ya de noche tendido en el suelo de la habitación 1714 del Hotel “Balanza” de Barcelona, pudo escuchar la voz de Mauricio que le recitaba: Yo, Rainer María Rilke, mitad miseria, mitad maravilla. No saber vivir más allá de mi mismo: esa fue mi conquista…

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lasciate ogni speranza, voi ch´entrate

Los funerales son tristes, no pueden ser de otra manera, y si vemos en otras regiones funerales festivos, no son más que funerales festivos tristes. Mauricio mudó el traje blanco, camisa azul, pajarita y pañuelo por traje negro, camisa blanca, corbata gris y flor de solapa. Marina, Pedro, el abogado, aquellos dos vagabundos que marcharon a Galicia, el primer editor, el diseñador italiano, el periodista Tijeras, un cura, dos libreros de Barcelona, un cantaor de Sevilla, un torero valenciano, tres mujeres desconocidas entre ellas y algún lector indomable belga. Gatos, una bolsa desgarrada y Charo en la lectura de poesías fúnebres. Lluvia: la que no te deja ver, y viento: para desolar cabezas. Tierra y flores, un libro, un anillo y una botella de vino “Marqués de Murrieta”, reserva 2007, cerraron la vida material de Mauricio.

Tan triste como la oscuridad, tan agrío como algunas lágrimas, tan rápido como el paso del tiempo. Pedro tocó “Tristeza” de Chopin y Marina recitó a Píndaro. El abogado dividió la herencia de sueños en el “Café Gijón”. Dinero para gastar en naderías literarias, en aporías filosóficas. Dura poco este legado pues tanta necesidad no se calma con intenciones.

Nuestra vida sigue aquí, pero la de Mauricio en su eternidad, como hiciera Dante con Virgilio, se ha llevado de guía  al último de los Panero. Y en el viaje,  el poeta loco recordaba:

“Hace mucho tiempo que llegué

aquí: a este lugar en donde

termina la vida del hombre.

Dicen que me trajo un ciervo…

un ciervo enloquecido golpeando

la página, golpeando la página hasta morir.”.

Vino

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“El duque del cante”

“El duque del cante” fue el primer preso que Mauricio conoció en el patio de la celda. Un flamenco delgado con uñas largas hasta la media luna tatuada en la mano que abría y cerraba con fuerza a cada quejío, y estremecía su cuerpecito hasta el punto de parecer una marioneta colgada de los hilos que descansaban en su cabeza.- Por la vida, por la vida, esa extraña que pasa sin cuerdas y sin amontonar las alegrías, esa vida que se busca, esa vida traicionera. Por na Don Mauricio, por na, por preferir cantar a encontrar, beber a buscar, por no querer nunca acabar. Me quedan tres años y el cante.- Y entonces con el puño y sus dedos como arañas a la mesa la llenaba de ritmo y se acompañaba.

El segundo, un fontanero de las finanzas que había engañado prometiendo beneficios a sus amigos clientes mediante el timo de la pirámide que se deshizo tal grande la construyó cuando se quedó sin esclavos de la codicia. -Cuando salgan me matarán, lo sé y cuento los días: uno, dos, tres, cuatro, hasta el final.

El tercero es su compañero de celda, un joven musculoso portero de discoteca, al que la noche le pasó la fractura de las heridas de los borrachos caprichosos que no saben aguantar los puñetazos y caen muertos sobre aceras pisadas por el vicio y las suelas de la lujuria.

Por las noches, la celda es silenciosa, y el joven forzudo duerme como un lirón sin conciencia alguna. Mauricio habla callado con la filosofía a la que persigue con sus pensamientos, como ya hiciera Boecio. El 1 de marzo de 2014, Mauricio Sibino a las tres de la madrugada murió. En el primer recuento de las siete de la mañana, su cuerpo estaba frío y su alma ya volaba.

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El mundo interpretado

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Mauricio ha sido esposado. Marina escapó en la noche de la mano de Pedro que no olvidó su violín. El túnel subterráneo dio su último servicio a la libertad. La noche oscura, sin luna, y en un tren ya amanece para los dos amantes en París. Se llevaron tanto dinero como música abandonada, fugitivos de la casa de Mauricio. Esclavos de la vida por venir, resueltos por su amor de notas melancólicas que se perderán en el Sena bebiendo vino entre barcas sucias y viejos lujuriosos. El abogado se disfrazó de soledad y la anciana de la bolsa desgarrada le ayudó a pasar entre la multitud que no quería rozarles con tan decrépitas mujeres: la veraz y la falsa, ambas llegaron a la playa. La veraz se quedó en su verdad mirando el mar; la falsa se arrancó el disfraz y llorando con lágrimas de sal se marchó con las últimas poesías de Mauricio bajo el brazo. Mauricio arrastraba los pies, ayudado por los policías al salir de su casa, no volvió la mirada más que para ver a su perrita blanca de nombre Chillida escondida detrás de un vino de loco. La multitud de damnificados por las opiniones del literato, dejaron de gritar. ¡Qué pequeño era, qué insignificante, qué poca cosa vestido de blanco con su camisa rosa y zapatos de piel, gafas y sombrero! Tanto tiempo luchando por tantos derechos, allí reunidos todos a los que Mauricio había ganado con sus versos. Ahora vencedores por su unión, por su versión moderna del poder directo. Mauricio sólo escuchaba a Rainer María Rilke que detrás de una nube le decía: “Y los sagaces animales ya notan/ que no estamos muy confiadamente en casa/en el mundo interpretado…”.

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Por ti mi soledad

  Como llenarte, soledad, sino contigo misma. Luis Cernuda está sólo. Y Soledad se ha plantado delante de los policías que en veinte minutos van a desalojar la casa de Mauricio. La anciana de la bolsa desgarrada escribió a su amiga Soledad: le contó entrelazando letras con dibujos, de nubes y arbolitos, que Mauricio, su poeta favorito, estaba encerrado a la fuerza en su propia casa. Soledad le debía a nuestro premio Nobel su pobreza (pues no quiso bienes robados), su insomnio (pues no quiso sueños rotos), su tristeza (pues no quiso risa falsa), su dolor (pues no quiso ser una carga).

   Embriagada, es tan valiente que se enfrenta sola a todos con el puño al aire y los ojos encogidos, pero la golpean, la arrastran por la tierra, la pisotean, la abandonan y otra vez, sola, perdona y perdona y hasta se ríe de su suerte cuando queda sin fuerza al albur de un consuelo que nunca llega. Y ahora, se quedará, como siempre, sola con su sombrero de poeta enamorado y sin amigo que le engañe, entre pasteles y versos, entre abrazos de tinta, entre hijos de espuma, entre amores de veras que no rompieron las carreteras, entre burbujas de cava “Juvé y Camps” que Mauricio busca mientras aporrean su vieja casa en la que un aroma de dulce verso embriaga las más íntimas estancias: Por ti mi soledad los busque un día, en ti, mi soledad, los amo ahora. Luis Cernuda sigue sólo.

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Esto se acaba

paloma+atacada+por+cuervoLa paloma blanca de La Paz fue atacada por un cuervo negro en la plaza de la Basílica de San Pedro. Era el diablo transmutado en alas negras quién perseguía al Espíritu Santo. Con el pico, con las garras, ayudada por Judas en su versión de asquerosa gaviota, hicieron daño a la pureza. Sangre roja en gotas diminutas regaban las cabezas de los fieles, sangre roja como rastro arrastrado por el cielo, sangre roja que atenazó a los demonios. Sangre roja que el viento lavó para el vestido blanco de la luz. Mauricio, acabada su copa de sangre de toro,  levantó la mirada del libro que leía despacio en latín sobre la dignidad del hombre escrito hace tantos siglos por Pico de la Mirandolla y mirando mirando el agujero dibujado en los ventanales por la piedra lanzada desde la brutalidad, vio acercarse con vuelo espiritual a la paloma, que cansada y sin sangre, penetró suave por el espacio abierto que el maldito pueblo ignorante dejó comunicado con la vida exterior. Ya tenemos en el suelo la piedra, los restos de cristales y a la embajadora de Dios herida de muerte. Mauricio sentía un dolor inmenso en el pecho, las sangres derramadas de todos los siglos mortificaban su memoria, el dolor de los mártires en sus manos, la desesperanza, el hastío más profundo, la pena sin literatura, la miseria humana del descreído. Esto se acaba.

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Látigos de viento

La piedra enredaba entre los finos cristales muertos que descansaban en el frío suelo

y la poesía queda inerte en el aire, como voladeras de aquellas ferias que trataban a los niños como látigos de viento.

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Y pasa de extramuros el tiempo, recorre las esferas, líneas, segmentos de la botella caída a tus pies morenos, tan tersos como sí olvidaran pisar el mundo hostil de los mecánicos, administrativos, funcionarios que complican la existencia. No hace falta más grito que el sonido del brindis de tu copa, siempre etérea, siempre en ejército de carnaval futuro, avezada esperanza del devenir. Un mundo a tus pies que en un segundo aprecio más que seguir caminando entre dudas de mañanas tras mañanas aguardando noches sin respirar los aromas de las horas melancólicas de la tarde. Que triste me parecen los pasos de los demás, intento corregir mi pensamiento hasta el estadio de la bondad. Me siento en un banco de aquella plaza solitaria e imaginada que es mi silla de la esperanza pero siempre aparece la mano ensangrentada que resuelve el problema sin alma.

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